La lectura como estrategia para el cambio educativo.


La reflexión sobre el papel de la lectura en el proceso de enseñanza y de aprendizaje de los educandos en el siglo XXI no debe hacerse al margen de la sociedad en la que vivimos. Si siempre ha sido importante leer, hoy lo es aún más por el antídoto que supone la lectura ante tres acechanzas del mundo actual: el riesgo del dominio de la imagen, el riesgo del aislamiento y el riesgo de la superficialidad. (Parte de este texto se basa en la conferencia impartida en el seminario sobre lectura y bibliotecas escolares organizado por ANELE en noviembre de 2004)

La nueva sociedad de la información no ayuda a educar en el placer de la lectura. El predominio absoluto de la imagen y el interés por lo inmediato no favorece los requisitos básicos de la actividad lectora: texto escrito, comprensión del significado y de las relaciones, complejidad del texto, esfuerzo. El educando está acostumbrado desde pequeño a obtener la información con escasa atención y a través de formatos multimedia. La televisión es una fuente que transmite rápidamente mensajes continuos que se comprenden con facilidad y de forma inmediata. Además, la información tediosa puede abandonarse a través del mando a distancia. La lectura, por el contrario, pone en acción un conjunto de habilidades muy diferentes: hace falta tiempo, tranquilidad, interés y perseverancia para comprender un texto y disfrutarlo. La experiencia lectora satisfactoria contribuye poderosamente a desarrollar estas estrategias necesarias, lo que a su vez va a ayudar a la formación de una personalidad más independiente y reflexiva.

El segundo riesgo es el individualismo y el aislamiento. Vivimos en una sociedad exigente y competitiva, en la que se exaltan los valores individuales en detrimento de los sociales y colectivos. Además, las familias y los grupos sociales tienden a relacionarse en función de su estatus social y cultural y olvidan, evitan o marginan a aquellos otros que no comparten sus normas o sus reglas de distinción. La presencia de nuevas culturas debido al incremento constante de la inmigración puede abrir posibilidades de encuentro o separar más a unos de los otros.

La dinámica laboral poco ayuda a establecer relaciones entre la familia y la escuela o entre la escuela y otros sectores sociales. Las necesarias políticas educativas se reducen la mayor parte de las veces a políticas escolares, limitadas a la labor que los profesores pueden hacer con sus educandos en las horas lectivas. La separación, la falta de tiempo y el desencuentro son características normales de la vida social, especialmente en los núcleos urbanos.

Frente a estos problemas, la escuela y la apuesta por la lectura pueden convertirse en una opción valiosa para corregir esta situación. La escuela ha de ser lugar de encuentro entre educandos de orígenes sociales, familiares y culturales diversos; espacio compartido de socialización, en el que se conozca a los otros y se aprenda de ellos; institución necesaria para la construcción de valores de respeto, tolerancia y solidaridad. Pero lo que permite el logro de estos objetivos no es la institución escolar en sí misma, sino las prácticas educativas que en ella se generan. Y una de las prácticas educativas más enriquecedoras es la lectura. La lectura nos pone en contacto con otros sentimientos, otras experiencias y otras vidas. Nos ayuda a distanciarnos de nosotros mismos, a viajar por el tiempo y por el espacio, a conocer nuevas culturas y nuevas realidades, a ser, de alguna manera, más humanos. La escuela y la lectura ayudan a romper la coraza del individualismo y a penetrar en los otros. Es difícil encontrar una experiencia educativa más enriquece­dora que el tiempo dedicado a la lectura.

El tercer riesgo en la sociedad contemporánea, y desgraciadamente también en la enseñanza y en el aprendizaje escolar, es el de la superficialidad. A veces, cuando se consigue evitarlo, se cae en otro peligro: la reducción excesiva de los objetivos de la enseñanza a los estrictamente cognitivos.

La inmensa cantidad de información disponible nos hace resbalar sobre ella para conocer más en el menor tiempo posible. No es fácil mantener una actitud tranquila y reflexiva ante tanta información. Pero esta consecuencia directa de la sociedad de la información puede exten­derse también, desde otro tipo de razonamiento, a los modelos de enseñanza y a los objetivos del aprendizaje escolar.

De forma periódica, diferentes sectores sociales claman contra el escaso conocimiento de nuestros educandos. Al mismo tiempo, y ante cualquier crisis o conflicto, se oyen voces numerosas que exigen una mayor preocupación de la institución escolar hacia esas cuestiones: la violencia, la desigualdad, la prevención de las enfermedades de transmisión sexual, los trastornos en la alimentación, son algunas de las más recientes. La consecuencia en muchas ocasiones de todas estas demandas es la ampliación desmesurada de los contenidos que los educandos han de aprender. El tiempo del aprendizaje escolar es el mismo, pero se incorporan nuevas materias y se extienden al mismo tiempo las ya tradicionales. Lo que se consigue, por el contrario, son programas imposibles de enseñar y de aprender, superficialidad en el tratamiento de los temas, desinterés y mayor desmotivación.

Existe la curiosa paradoja de que la mayoría de los responsables del currículo defienden en público la importancia del desarrollo de capacidades básicas en nuestros educandos y se olvidan de ellas, en detrimento de una ampliación constante de los contenidos, cuando han de diseñarlo. Sin embargo, la adecuación de los contenidos al desarrollo de las competencias básicas de los educandos y la opción por la comprensión y la profundidad frente a la superficialidad en el aprendizaje es una de las exigencias de un currículo pensado para conseguir una formación satisfactoria y equilibrada de todos los educandos. No es la única exigencia. Es necesario al mismo tiempo conectar con la forma de aprender de los educandos y despertar sus intereses. En este contexto es en el que se sitúa con derecho propio la lectura.

El énfasis principal de la enseñanza debería estar, por tanto, en la adquisición por todos los educandos de determinadas capacidades básicas y competencias específicas: lectura, búsqueda de información, trabajo en equipo, solución de problemas, alfabetización informática, comprensión del cambio social, histórico y cultural, formación de un pensamiento científico y crítico, bienestar social y emocional, valores democráticos y solidarios, expresión y creatividad. De una manera más densa lo expuso el informe Delors (1996):

Para cumplir el conjunto de las misiones que le son propias, la educación debe estructurarse en torno a cuatro aprendizajes fundamentales, que en el transcurso de la vida serán para cada persona, en cierto sentido, los pilares del conocimiento: aprender a conocer, es decir, adquirir los instrumentos de la comprensión; aprender a hacer, para poder influir sobre el propio entorno; aprender a vivir juntos, para participar y cooperar con los demás en todas las actividades humanas; por último, aprender a ser, un proceso fundamental que recoge elementos de los tres anteriores.

No es nada sencillo trabajar en esta dirección, sobre todo cuando existen educandos en el aula que no tienen ningún interés en aprender o cuando las condiciones de los profesores para la enseñanza son precarias. Sin embargo, y a pesar de esas dificultades sobre las que también debe intervenirse, es preciso defender que la actividad docente debe orientarse a despertar el interés de los educandos por aprender más y a cuidar de su desarrollo afectivo, social y moral. Para ello, es necesario que los educandos encuentren sentido a sus aprendizajes y comprueben en su propia experiencia que el conocimiento progresa con el esfuerzo y la dedicación pero también con la curiosidad, la ilusión y el descubrimiento. En consecuencia, hay que cambiar o al menos adaptar no sólo los objetivos básicos de la enseñanza sino también los métodos pedagógicos. Hace falta diseñar una enseñanza atractiva, conectada con la vida, planificada con rigor pero al mismo tiempo abierta a la participación de los educandos (Marchesi, 2004).

Existen sin duda muchas iniciativas para conseguir este tipo de enseñanza: la realización de proyectos por los educandos, la conexión de lo aprendido con sus experiencias habituales, la incorporación del ordenador y de Internet en las clases, las visitas guiadas, la colaboración entre los educandos o su relación con compañeros de otras escuelas, etc. Considero, sin embargo, que existe una estrategia capaz no sólo de contribuir al aprendizaje de los educandos y de conectarlos con los objetivos principales de la enseñanza, sino de facilitar la colaboración de los padres, la coordinación entre los profesores y la relación con el entorno social: el apoyo decidido a la lectura en la escuela.

Extracto de “La lectura como estrategia para el cambio educativo”, Álvaro Marchesi Ullastres

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Acerca de Lic AUS Jorge Luis Prioretti

Licenciado en Organizaciones sociales y culturales - USAL. Analista universitario en sistemas - UTN. Profesor Sup. Filosofía y Cs. Educación.
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4 respuestas a La lectura como estrategia para el cambio educativo.

  1. adhiero totalmente a su pensamiento!

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  2. Dora Mieles de Cubillos dijo:

    Todas las propuestas que tengan como meta formar el hábito lector y despertar el gusto por esta actividad tan importante en la vida de todo ser humano, tanto a nivel escolar, como cotidiano y profesional, son bienvenidas.

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